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La Sociedad, el Hombre y la Tecnologia
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04/12/2008 GMT -5

Hombre y Sociedad II Cohorte

mariojose @ 08:34

_¿Cuales son los principios, que usted debe mantener como futuro Ingeniero de este país? según lo explicado en el aula

_Realizar un análisis de este contenido de Jorge Vásquez

les recuerdo que esta actividad es hasta el domingo 7/12/2.008 y es el 15% este cohorte

El ethos de la modernidad y la demanda de un nuevo ethos
Jorge Vásquez A.
La modernidad además de una actitud, ha sido un proyecto que
históricamente sirvió para crear la utopía del progreso irrefrenable.
Tras la salida de la época del oscurantismo de la edad media, la
razón que la humanidad de occidente dio a luz a través del continuo
desenvolvimiento en las artes y la ciencia se convirtió en el soporte
fundamental de los ideales que dieron forma a la democracia y la
organización de los Estados-nación. Este "gran proyecto" no
acontecía fuera de la firme construcción de un ethos que sea capaz
de asegurar el triunfo del "homo sapiens" sobre el resto de las
especies. El mito de Prometeo, aquel que robara juego a los dioses
para dárselo a los hombres, es el relato que orienta la
performatividad de ese nuevo tipo de ser humano orientado por la
razón. Hasta la edad media la razón era esclava de la fe y la
explicación religiosa de los fenómenos naturales y del orden social
predominaba ante cualquier otra posibilidad de explicación, pero
cuando la humanidad de occidente "desempolva" la razón la
explicaciones no se le piden más a la fe sino a la ciencia y la
tecnología.
El otro soporte fundamental del ethos modeno es el cultivo de la
libertad individual, que en el espíritu de la modernidad consiste en
que el sujeto pueda hacer lo que decidiere. Este soporte fundamental
está a su vez apoyado en la razón lógica debido a que ésta es el
fundamento de la libertad absoluta (con lo que "la razón" termina
siendo en definitiva el principio y fin de la cosmovisión moderna). La
libertad se consigue en la medida que el sujeto tenga la capacidad de
decidir sobre una razón lógica, es decir, decidir mediante un proceso
armónica y equilibrado de reflexión, porque la racionalidad no es un
contenido, sino un método, un procedimiento mental para decidir.
Con este modelo se empieza a destruir el concepto de poder central
(que ha sido representado por M. Foucault bajo la figura del
panóptico) y empieza el concepto de democracia en la forma que
amenaza al poder.
La libertad individual da pie a que pueda haber algo colectivo pero
siempre que sea decidido; con lo cual se suscita el problema de
quién decide lo que es correcto para el colectivo. Por eso para Hegel,
uno de los filósofos representativos de la modernidad y posterior a
Kant, esta libertad o capacidad de decisión está supeditada a lo
normativo que apunta a que entre el mal y el bien siempre la
predilección sea por el bien.
El mismo Hegel distingue entre la existencia de una modernidad
extrínseca de carácter objetivo y que se hace palpable en el
desarrollo económico, en la tecnología, en el consumo y que incluso
puede medirse mediante indicadores; de una modernidad intrínseca
de carácter subjetivo, entiendo lo "subjetivo" como una referencia a la
búsqueda de la construcción del individuo como sujeto; es decir, que
el sujeto decida sobre sí. A su vez, como una consecuencia de esta
preponderancia de la razón y los descubrimientos científicos
entraron en crisis los criterios morales predicados por las
instituciones religiosas lo cual devino en un espíritu burgués, como
derivado de la individualidad surgida en el campo ético que separó la
economía de las normas morales.
Estas ideas que históricamente constituyeron el legado a las nuevas
generaciones tomaron forma gracias a que los constantes cambios o
"revoluciones" a nivel científico, industrial, cultural y político en el
mundo contemporáneo entran en crisis. Los críticos de la Escuela de
Frankurt, con Jürgen Habermas como el representante más actual,
proponen que la modernidad es un proyecto inacabado y que por lo
tanto la crisis está en que ha cumplido su promesa de desarrollo
constante por lo tanto cualquier propuesta fractal sería únicamente
una resignación ante el escenario actual y por último una postura
neoconservadora. Sin embargo, el escenario que describen los
posmodernos, especialmente Lyotard y Vattimo, se puede percibir
fácilmente si nos detenemos a observar las nuevas formas de
relación entre los seres humanos, las modificaciones que provoca el
avance tecnológico y el contenido de los medios de comunicación.
Lyotard especialmente presenta a una sociedad "fragmentada" en la
que los metarelatos dejan de ser los grandes principios orientadores
debido a que no han cumplido con la utopía planteada por el espíritu
de la modernidad. La forma de superar esta "utopía fracasada" es
mediante el rechazo a todo proyecto unificador y totalizante.
Aún sin asumir integralmente cualquiera de estas dos posturas
resulta perceptible que el mundo occidental camina en dirección de
una "deshelenización de la cultura"; es decir, el declive de la razón
como principio decidor de todo. Vemos como en el mundo
contemporáneo se suscita la conformación de sub-culturas que
construyen su propia ética a partir de "consensos sociales blandos"
que constituyen el punto de llegada luego de la puesta en común de
las elecciones privadas sin cohesión alguna. Es decir, son el producto
de un acuerdo sobre lo que es un valor, debido a que los valores
universales ya no lo son por sí mismos. Lo que vale es ponerse de
acuerdo sobre determinadas cosas, siempre y cuando no constituyan
compromisos definitivos ni universales, sino transitorios y locales.
Zygmunt Bauman utiliza la figura de "lo líquido" para referirse a estos
fenómenos que se apartan de "lo sólido", es decir de los
fundamentos, las promesas de eternidad, las "opciones
fundamentales". La vida líquida es una vida obsolescente que varía su
forma según el recipiente que el consumo disponga para almacenarla
siempre momentáneamente.
Sobre la "deshelenización de la cultura" se podrían dar diferentes
signos pero quisiéramos destacar especialmente que, en el mundo
contemporáneo estamos ante la existencia de grupos culturales
conformados no por el mismo imaginario social sino por la
identificación individual que las personas sienten hacia el grupo. El
valor de la solidaridad se desenvuelve en pequeños escenarios dando
paso una solidaridad "únicamente entre nosotros". Como describe
Michel Maffesoli vivimos "el tiempo de las tribus" ya que los grupos
humanos manifiestan en su agrupaciones nuevos ritualismos,
simbologías, relatos identitarios pero en el marco de la apropiación
de los consumos culturales y la cibernética por lo que merecen el
nombre de "tribus urbanas".
En esta misma línea podemos señalar la transformación que han
sufrido las relaciones basadas en la justicia dado que ahora es difícil
que se extiendan más allá del "micro grupo de idénticos". Tal vez
esto sea signo de un "narcisismo colectivo" que vea como único
valedero las realidades ad-intra del grupo. Esta concepción puede
correr el riesgo llegar a ser inhumana en la medida que se acerque al
desprecio racista del que se impregnan las sociedades occidentales;
o a su vez, traducirse políticamente en un diseño de proyectos que
son únicamente "de los de arriba" y que manifiestan una clara
incomprensión de los derechos de los "otros diferentes" y con un
colonialismo interno que no permite la autonomía cultural y política.
En medio de estas expresiones de nuevas culturas emergentes se
despiertan sensibilidades que pretenden hacer que busquemos en la
riqueza de nuestros pueblos nuestras verdaderas raíces de identidad
y no los principios axiológicos del neoliberalismo que incluso han ido
conduciendo a la destrucción de nuestro planeta. Es necesario que,
desde América Latina, pueda acontecer también un alumbramiento
que permita la construcción de un ethos en el que confluya la riqueza
de nuestra región. Como hemos señalado anteriormente, la
racionalidad no tiene fines en sí misma, es una técnica; por lo tanto,
si los pueblos latinoamericanos desarrollan la razón lógica pueden
construir un modelo propio que no sea precisamente una
modernidad al estilo europeo. La modernidad intrínseca que nos ha
sido negada históricamente no puede devenir en nuestro propio
desprecio sino en la construcción de un modelo propio de desarrollo
mediante el cual se pueda generar una mentalidad científica de
rebeldía crítica y emancipación como apuntaba Paulo Freire.
Como muestra encontramos en las raíces de nuestros pueblos
latinoamericanos, la riqueza de una comunión comprendida no
únicamente como una experiencia suscitada a partir de la agrupación
de seres concientes en torno a un objetivo o un sentir común, sino
como la relación recíproca que se genera a partir de la interacción
armónica de nuestro ser integral con la energía vital que rige el
universo. En las fuentes de nuestros pueblos es posible redescubrir
las lecciones más valiosas sobre la centralidad de la vida
(biocentrismo), superando el retroceso que generó la
occidentalización al predicar un antropocentrismo que ha resultado
depredador.
Valorar la herencia de los pueblos indígenas de América Latina para
desarrollar una práctica eco-social fundada no en el crecimiento
ilimitado de la producción y el consumo, sino en el paradigma de lo
suficiente, que promueve la disposición de limitar la acumulación y el
consumo de los bienes materiales, por respeto a los límites de la
naturaleza y por la toma de conciencia de que, cuanto más excesivos
son los bienes materiales acumulados por individuos y naciones,
menor es su capacidad de desarrollo mental, ético y espiritual. Se
trata de crear la civilización de la simplicidad, que parte de las
necesidades populares básicas como fundamento para el nuevo
modelo de acumulación.
Una de las fuerzas de la región radica en esa fraternidad que supera
los raciocinios estériles, al permitirnos aceptar al otro como legítimo
otro y la otra como legítimamente otra –con sus diferencias- y al
considerar como parte de nuestra hermandad a todo el universo del
que formamos parte. En el contexto actual demanda la
universalización también de valores como la reciprocidad y la
corresponsabilidad (tan arraigados en los pueblos indígenas) que
pueden ser la puerta para emprender acciones creativas que revivan
la emoción del encuentro con el otro debido a que enlaza el "yo" con
el "nosotros", evitando el individualismo de orden capitalista y el
colectivismo de orden real socialista. Hay que dar pasos para la
construcción de consensos pero no exclusivamente entre el grupo de
idénticos sino en la valoración de la diferencia.

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